viernes, 22 de julio de 2011

MARÍA MAGDALENA

María Magdalena, de Magdala, cerca del Tiberíades en Galilea, es mecionada en el Nuevo Testamento entre las mujeres que acompañaron y siguieron a Jesús (Lucas 8, 2-3) donde también se dice que habían sido echados fuera de ella siete demonios (Marcos 16, 9). Ella es la segunda persona nombrada a los pies de la cruz (Mc 15,40; Mt 27,56; Jn 19,25; Lc 23,49.). Ella vio a Cristo yaciendo en su tumba y fue la primera testigo reconocida de la Resurrección.



La Iglesia Ortodoxa desde un principio distinguió tres personas: la “pecadora” de Lucas 7,36-50; la hermana de Marta y Lázaro, Lc 10,38-42 y Jn 11; y a María Magdalena.
Por otro lado, la mayoría de los padres de la Iglesia Católica sostuvieron que estas tres personas fueron una y la misma. Posteriormente, los protestantes creen que eran dos, y tal vez tres personas distintas.

El primer hecho, mencionado en el Evangelio en relación a este tema, es la unción de los pies de Cristo por una mujer, una “pecadora” en la ciudad (Lucas 7, 37-50). Inmediatamente después, san Lucas describe un circuito misionero en la Galilea y nos cuenta de una mujer que siguió a Cristo entre ellos siendo “María la llamada Magdalena, de quien fueron exorcizados siete demonios” (Lucas 8, 2); pero no nos dice que es con ella con quien se identifica “la pecadora” del capítulo anterior. En 10, 38-42, nos cuenta la visita de Cristo a Marta y María “en cierto pueblo”; es imposible identificar el pueblo, pero queda claro más adelante que Cristo había definitivamente dejado Galilea y es bastante posible que este “pueblo” fuera Betania. Esto parece confirmado por la parábola precedente del buen samaritano, la cual casi con certeza fue dicha en el camino entre Jericó y Jerusalén. Pero aquí nuevamente notamos que nada sugiere una identificación de las tres personas (la “pecadora”, María Magdalena y María de Betania) y si solo tenemos a san Lucas para que nos guíe, ciertamente no tenemos fundamentos para identificarlas. San Juan, sin embargo, claramente identifica María de Betania con la mujer que ungió los pies de Cristo (12; cf. Mt 26 y Mc 14). Es notable que ya en el 11, 2 san Juan haya hablado de María como “aquella que ungió los pies del Señor”; es concebible que san Juan, sólo porque escribió mucho tiempo después de los eventos y en un tiempo cuando María estaba muerta, que desee apuntarnos que ella era realmente la misma conocida como la “pecadora”. Del mismo modo, san Lucas pudo no haber revelado su identidad precisamente porque no deseaba difamar a alguien aún vivo; ciertamente ocurre algo similar en el caso de san Mateo (5, 7) quien oculta su identidad con Leví, el publicano.
Si el argumento anterior se mantiene correcto, María de Betania y la “pecadora” son una y la misma persona con María Magdalena. Con san Juan aprendimos el nombre de la “mujer” que ungió los pies de Jesús previo a la Última Cena. Podemos notar aquí que parece innecesario mantener esto porque san Mateo y san marcos dijeron “dos días antes de la Pascua” mientras que san Juan dice “seis días”, hay, por lo tanto, dos distintas unciones una tras la otra. San Juan no necesariamente quiere decir que la Cena y la unción tuvieron lugar seis días antes, sino que Cristo llegó a Betania seis días antes de la Pascua. Entonces, en aquella Cena María recibió el glorioso encomio, “ella ha realizado una buena obra en mí...al ungir mi cuerpo para mi entierro...donde sea que este Evangelio sea predicado...que también lo que ella ha hecho por mí sea relatado en memoria de ella”. Considerando todo esto, ¿es creíble que esta María no tuviera lugar a los pies de la Cruz, como tampoco en la tumba de Cristo? Sin embargo, es María Magdalena quien, de acuerdo a todos los evangelistas, estuvo a los pies de la cruz y asistió en el funeral y fue la primera testigo registrada de la Resurrección. Y mientras san Juan la llama “María Magdalena” en 19,25; 20,1 y en 20,18, la llama simplemente “María” en 20,11 y 20,16.
Bajo esta visión, la serie de eventos constituyen un todo consistente; la “pecadora” aparece temprano en el ministerio buscando el perdón; ella es descrita inmediatamente después como María Magdalena, “mujer de la cual salieron siete demonios”; poco después la encontramos “sentada a los pies del Señor y escuchando sus palabras”. En un período posterior María y Marta se vuelven a Cristo y El les devuelve a su hermano Lázaro; poco tiempo después, lo invitan a cenar y María nuevamente repite el acto que había realizado como penitente. En la Pasión ella está a su lado; ella lo ve yaciendo en la tumba; y es la primera testigo de su Resurrección.

Los evangelios gnósticos de santo Tomás y san Felipe, incluso el atribuido a la misma María Magdalena, encontrados en Nag Hammadi (Egipto) tras estar muchos siglos enterrados, aportan importantes matices, de tal manera que nos hacen ver a la Magdalena como posiblemente su más avanzada discípula, la que mejor supo entender al Maestro y, entonces, la que quizás continuó más fielmente sus enseñanzas, creándose así una iglesia, de la que participaría san Juan de forma destacada, que podría ser considerada la más auténtica heredera del magisterio de Jesús y que desgraciadamente tuvo que soportar desde muy temprano los recelos de las demás facciones cristianas y luego la persecución y el intento de eliminarla completamente por parte de la Iglesia oficialmente establecida.

Esta facción de seguidores de la iglesia de María Magdalena, que se podría considerar la más puramente cristiana, habría tenido continuación a lo largo de los siglos a pesar de todo, con grandes altibajos y casi siempre manteniéndose en la discreción o en el secretismo, y enmarcándose dentro del gnosticismo, como fueron los bogomilos, los cátaros, posiblemente parte de los templarios y ciertas facciones de sociedades secretas y discretas hasta nuestros días.


Un buen ejemplo de esa posible continuidad de la iglesia de María Magdalena estaría expresada en la obra de Leonardo da Vinci, destacando su Santa Cena, en donde el lugar de san Juan podría estar ocupado por la figura de la Magdalena, junto a Jesucristo.
La Iglesia Griega sostiene que la santa tras la resurrección del Maestro se retiró a Éfeso (en la actual Turquía) con María, la madre de Jesús, y allí murió. Sus reliquias fueron transferidas a Constantinopla en el año 886 y son preservadas allí. Gregorio de Tours (De miraculis, I, xxx) apoya la idea que ella se fue a Éfeso.


Sin embargo, de acuerdo a la tradición francesa, María Magdalena, Lázaro y algunos acompañantes se fueron a Marsella convirtiendo a toda la Provenza. Se dice que la Magdalena se retiró a un cerro, la Sainte-Baume (Santo Bálsamo), donde se entregó a una vida de penitencia por treinta años.


Al llegar el momento de su muerte fue llevada por ángeles a Aix, al oratorio de san Maximino, donde recibió el viático; entonces, su cuerpo yace en un oratorio construido por san Maximino en Villa Lata, luego llamada Saint-Maximin.


La Historia se mantiene silenciosa respecto a esas reliquias, hasta el año 745, cuando, de acuerdo al cronista Sigebert, fueron cambiadas a Vézelay por temor a los sarracenos. No hay registro de su regreso, pero en el año 1279, cuando Carlos II, rey de Nápoles, levantó el convento en la Sainte-Baume para los dominicos, se encontró el sepulcro intacto con una inscripción que declaraba por qué había sido escondido. En el año 1600 las reliquias fueron colocadas en un sarcófago, enviado por Clemente VIII, con la cabeza colocada en una vasija separada. En el año 1814, la iglesia de la Sainte-Baume, derrumbada durante la Revolución, fue restaurada y en la gruta fue nuevamente consagrada. La cabeza de la santa ahora yace allí, donde ha estado por tanto tiempo y donde ha sido centro de muchos peregrinajes.


Es muy interesante ahondar en esta tradición occidental sobre la vida de María Magdalena tras la resurrección de Jesús. La tradición con más adeptos es que por la persecución de los judíos contra los primeros cristianos tuvieron que embarcarse los tres hermanos, María, Marta y Lázaro, con algunos otros, en una nave desmantelada, y que caminando a merced de las olas del Mediterráneo entró en el puerto de Marsella, aunque otra versión muy extendida dice que llegaron primero a Saintes-Maries-de-la-Mer, en la Camarga, donde todavía se recuerda y celebra tal hecho.


Santa María Magdalena predicaba junto al gran templo de Diana, en cuyo sitio se ve todavía una antiquísima capilla en honor de la santa. Según la misma tradición, Lázaro fue obispo de Marsella, en donde murió, y llevó a Tarascón la luz del evangelio. Marta también predicó en esta zona del sur francés, enfrentándose incluso a un dragón, al que venció solo con agua bendita. Años más tarde, en el año 47, la Magdalena se retiró a una caverna, que ha venido a ser muy célebre, bajo el nombre de la Sainte-Baume; allí, en aquel desierto humano, es donde finalizó sus días en las prácticas de la más austera penitencia. Existe una leyenda de la Sainte-Baume. Esta leyenda es una de las más bellas y se encuentra intercalada en un relato que forma parte de un sermón de un dominico que refiere que habiéndose aparecido esta santa a un religioso de su orden que estaba allí, le trazó el cuadro de la vida penitente que había llevado en la gruta en donde ella se había retirado en la Provenza. Este relato, en resumen, cuenta lo siguiente sobre la Magdalena:
La santa le dijo al padre Elías, testigo de la aparición en la gruta, que habían llegado en gran número a Marsella desde Jerusalén, arrojados sobre una nave y abandonados a la gracia de Dios. Marsella los acogió y abrazó la fe cristiana como casi toda la comarca. Una inspiración del cielo condujo sus pasos a una cueva solitaria, y apenas moraba en ella cuando, al fijar sus ojos en la fuente preparada por la Providencia, percibió en la sombra una serpiente de aspecto horrible, una enorme boa. Al ver a la santa se levanta y a sus espantosos silbidos saltan una innumerable multitud de sierpes de toda especie, que dirigen contra ella sus ojos y su furor. Por el pavor que le causaron, aunque no temía a la muerte, rogó a Jesús. La enorme serpiente la cogió entre sus afilados dientes, pero al momento se apareció un ángel que la arrancó de los dientes del dragón y le dijo: “Feliz eres por haber creído, ¡oh María!”. Y hollando después al dragón dijo: “Sal de aquí, tú y tus serpientes”. Y el dragón y las serpientes, volando aquél, y éstas arrastrando, se precipitaron al desierto. Desapareció el ángel después de haber purificado con su aliento de fuego la caverna. Cuando la Magdalena hubo recorrido todo este recinto, y vió que era inaccesible para los hombres, se puso de rodillas llorando y exclamó: “¡Bendito seáis, oh Jesús mio, por haber cumplido mis deseos! Dignaos ahora también a hacer manar para vuestra sierva agua de este peñasco”. Al momento mismo la enorme peña se abrió y empezó a derramar un manantial. Luego advirtió que en la parte derecha de la gruta había muchos espíritus que le aconsejaban que abandonara las plegarias, con lo que comprendió que eran demonios. Al clamar a Dios el arcángel san Miguel se presentó, puso en fuga a los ángeles de las tinieblas y le dijo que el Altísimo vela sobre ella. Y esto diciendo, plantó una cruz en la entrada de la gruta.


Allí permaneció la Magdalena durante mucho tiempo con otras muchas experiencias místicas como la de dos ángeles que la subían; en una de ellas un ángel le dijo que allí quedaría tanto tiempo como el Salvador permaneció sobre la Tierra. Se volvió insensible al calor y al frío, sus vestidos se calleron a pedazos pero sus cabellos habían crecido hasta el punto de cubrirla entera. Se pasaba la vida en la meditación de los misterios de Cristo. Incluso en los postreros días de su vida el mismo Jesucristo la visitó, resplandeciente como en el Tabor.


Siguen las crónicas diciendo que tras 33 años oculta y sabiendo que por fin el Señor quería llamarla para sí, a través de un hombre que la había encontrado y que hizo de mensajero, hizo que el obispo Maximino estuviese preparado para celebrar una misa el día por ella señalado, en el cual iría sin falta. Algunos días después, estando preparado Maximino, entró la Magdalena en su oratorio y le contó todo lo que le había pasado durante su retiro, lo cual mandó escribir el obispo para que quedara para la posteridad. Después de que la Magdalena le contó toda su vida eremítica, le pidió a Maximino que le diese la comunión y apenas la recibió murió.
Continúa la tradición diciendo que el cuerpo de Santa María Magdalena, después de su muerte, arrojaba de sí un olor delicioso. El obispo Maximino, acompañado del clero, le hizo los honores del entierro, y se añade que fueron tantos los milagros con que la santa señaló y engrandeció esta pompa funeral que los fieles en los tiempos sucesivos erigieron en su obsequio el hermoso mausoleo de alabastro que aún se conserva en la capilla subterránea. El día 22 de julio del año 81, observa uno de sus historiadores, fue el de la muerte de la Magdalena. Se ignora exactamente los años que vivió porque carecemos de fundamento sólido en que apoyarnos; pero según lo escrito por algunos historiadores de su vida, murió con 79 años. A los 15 dió principio a sus liviandades, doce vivió de este modo, tres empleó en acompañar a Jesús, dieciséis consumió en la predicación y treinta y tres permaneció en la soledad de su amada cueva.
San Maximino declaró al clero que cuando muriera quería ser sepultado a los pies de la santa. Procuró dar a conocer al pueblo el lugar de la penitencia de la Magdalena e hizo accesible la gruta a la veneración de los fieles. Se extendió tanto la devoción a la Magdalena que la roca fue habitada en el año 450 por los casianistas y después por los monjes de san Benito. Unos y otros estuvieron también sucesivamente en Saint-Maximin para custodiar la reliquias de la santa cuya devoción florecía en los dos lugares. Se alteró la Provenza después por la incursiones de los musulmanes y se resolvió ocultar aquel precioso tesoro confiando a algunas personas el secreto del lugar donde se escondía en el año 716. Carlos de Anjou, hijo de Carlos I, rey de Jerusalén, de Sicilia y conde de Provenza se hallaba en la ciudad de Aix en 1278 mientras su padre, hermano de san Luis rey de Francia, estaba ocupado en los negocios de Italia. Sabiendo este príncipe la historia de la Magdalena, quiso encontrar los preciosos restos. Apeló a la oración y a los santos ejercicios, y refieren las crónicas que la misma santa le reveló el lugar en que se había ocultado su cuerpo, es decir, en un campo inmediato a la iglesia de Saint-Maximin, donde se encontraba una frondosa planta de hinojos, haciendo el hallazgo en 1279. Es de advertir que el padre fray Isidoro de Sevilla dice que esta revelación de la santa a Carlos de Anjou tuvo lugar en Barcelona y no en la Provenza, pues en 1279 fue hecho prisionero por un general de la mujer de Pedro III de Aragón, y estando preso en Barcelona, en la noche del 21 de julio, se le apareció la santa, le libró milagrosamente y le hizo la revelación. Sea lo que sea, el príncipe mandó cavar en aquel punto y descubrió el sepulcro de alabastro y los otros tres de mármol. Subido después este príncipe al trono, como Carlos II, fomentó esta devoción a las reliquias de la santa con una feria franca anual en la ciudad de Saint-Maximin.


Como se puede comprender, no debe ser casualidad que si la Magdalena vivió, murió y fue venerada desde aquel momento en el sur de la actual Francia, se la relacione directamente con los movimientos religiosos considerados heréticos por la Iglesia Católica como fue el catarismo, tan arraigado en la zona, y otras cuestiones más o menos paralelas como las sociedades secretas y las líneas familiares que guardan el sagrado conocimiento, el que nos legó María Magdalena, la amada discípula de Jesús.

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